Mario: ¿desechable?¿habitante de la calle?¿ser humano?
- Shameel Thahir Silva | @ShameelThahir | #Opinión
- 14 ene 2016
- 9 Min. de lectura

Yo solo soy un humilde consumidor.
Mario ya había perdido el sentido del tiempo. Su espacio se reducía al Cartucho, hoy Parque Tercer Milenio. Ese día cualquiera la Policía hizo un allanamiento al lugar donde él se fumaba sus papeletas de basuco. El profe, como le decía la gente del lugar, fue golpeado fuertemente por un tombo que se despoja de su humanidad para ser agente del poder, él se disculpa y confundido solo dice que es un humilde consumidor, el policía de manera agresiva señalo una caja al final del pasillo, se dirigió a ella y la abrió, de manera triunfante le mostró a Mario más de doscientas papeletas de basuco para gritarle finalmente que no lo engañara, que él era el que manejaba el negocio, que por eso la gente lo respetaba.
Don Mario confundido, adolorido y golpeado, algo drogado también, miro a Pedro y le dijo que le ayudara, Pedro ya esposado solo le dijo que se calmara que el arreglaría el lio, Mario le repetía, “don Pedro, ayúdeme, usted sabe que yo solo consumo”. Nada que hacer, Mario ya estaba en la patrulla, esa noche la paso en la Estación de Policía porque era el día de la virgen de los presos y la Modelo no recibía nuevos reclusos ese día, al día siguiente lo ingresaron a La Modelo.
Usted está loco hermanito.
La primera vez que Mario estuve en El Cartucho fue con un compañero de trabajo, ‘El Turco’, hermano de un amigo que tuvo en el colegio, él fue el que le enseñó el basuco, él dice que lo consumió solo para probar después de haber pasado por la cocaína, estaban revisando unos papeles en la oficina cuando ‘El Turco’, como lo más normal del mundo le pidió el favor que lo acompañara a comprar mercancía. Mario no pensaba que lo acompañaría al Cartucho, cogieron una buseta y de pronto estaban sobre la Caracas a la altura del lugar, ‘El Turco’ señalo el Cartucho, Mario lo miro con algo de pánico y le preguntó si estaba loco, ‘El Turco’ lo calmo y le dijo que no les iba a pasar nada.
De pronto Mario se vio entre calles pequeñas y llenas de gente oliendo a la suciedad que vendían, como en un mercado de las pulgas ofrecían cualquier clase de sustancia psicoactiva de moda, llegaron a la esquina del “dealer” habitual del Turco, ‘El Turco’ pidió la mercancía e invitó a Mario a sentarse en uno de los sillones sucios, Mario no se sintió juzgado por primera vez en su vida, podía fumar con tranquilidad y nadie lo miraba mal por hacerlo. Se sintió bien.
Una semana después Mario estaba nuevamente en El Cartucho, esta vez solo, esta vez más relajado, ya no era un sitio desconocido y peligroso para él. Pronto fue cada tres días, pronto todos los días, de pronto empezó a quedarse a dormir en la casa donde fumaba, de pronto alguien le enseño a reciclar cartón, finalmente ya no había motivos para salir del lugar. Su tiempo se volvió algo líquido sin principio ni fin y su espacio se redujo a esas calles del centro de Bogotá, todo giraba en torno a su necesidad de consumir.
Porque el que vive en la calle no es desechable.
Mario en el colegio conoció la marihuana, y nunca la volvió a soltar, es un tipo de una familia adinerada y disfuncional del norte de Bogotá, que no supo gestionar la tensionante y sobretodo enérgica personalidad de Mario, gente con fuertes redes de apoyo canaliza esa energía hacia actividades enriquecedoras, Mario canalizó su fuerza en las drogas. Él, primero estudio cinco semestres de economía en la Universidad Central por presión de su padre, él no quería, después como alternativa estudio Química, pero no paso del tercer semestre porque la institución universitaria descubrió que los papeles de graduación de su colegio eran falsos. Esa personalidad enérgica de Mario lo llevo a pasar por muchos colegios, sus padres resolvieron lo difícil del muchacho pagando por su grado de bachiller, aunque no lo había logrado por falta de inteligencia sino por simple falta de orientación. Mario no pudo terminar Química así que hizo lo que la gente normal, se dedicó a trabajar, a “ganarse la vida”.
En el trabajo conoció a la que sería su esposa. Estuvieron saliendo durante cinco años, Mario siendo un tipo de casi dos metros y ella de la mitad de su tamaño le ofrecía una imagen protección. Después de cinco años se fueron a vivir juntos, pronto compraron un apartamento en Fontibón, un carro de clase media y en poco tiempo ya tenían su primer y único hijo. Hoy el muchacho es Cirujano Plástico de la Clínica Country, no tiene contacto con su padre, la madre le inculco desde pequeño que era un mal hombre con el que no debía tratar. Mario en los últimos años ha llegado varias veces hasta la puerta de su oficina para devolverse derrotado y llorando sin siquiera tocar.
Un día cualquiera con su hijo ya en el jardín de niños, Mario llegaba de la oficina para encontrar en la mesa del comedor un moño de marihuana. El fumaba desde el colegio, no era gran cosa, la mercancía le llegaba a través de amigos. Esa noche su esposa le armo un escándalo monumental, él le respondía con cuestionamientos como, si hubiera preferido que fuera un mujeriego toma trago y ella decía sin pensarlo que sí. Eso lo dejo algo confundido. De pronto, los meses siguientes al episodio, las cosas con ella ya no eran las mismas, dejaron de tener sexo y él se sentía cada vez más frustrado, un día él se topó con un amigo del colegio con el que se tomó un café en el centro, él le comento la situación difícil por la que pasaba su matrimonio y el como respuesta, lo invito a rumbear el próximo sábado en la Calera.
A la farra en la Calera llego emparejado con la hermana de su amigo, que estaba acompañado de su esposa. Rumba de gente de clase media y alta que solo busca olvidar lo aburrido de sus vidas, llena de alcohol. Mario observo como su amigo una y otra vez iba al baño, la curiosidad lo mato y en una de esas lo siguió, en el baño se encontró a su amigo oliendo cocaína, sin pensarlo mucho le dijo que le diera, el hombre ya en otro mundo le dio, la primera vez que Mario olio cocaína sintió que su mundo entero se estremecía.
El tiempo se empezó a volver líquido, se escapaba muy rápidamente ante sus ojos, su esposa empezó a encontrar pañuelos llenos de sangre, el empezó a asustarse y a considerar que tenía un problema con su consumo sin control de cocaína, consulto a un doctor de confianza que le recomendó un hospital psiquiátrico. Mario se internó ante la amenaza de perder a su hijo, ya no le interesaba su esposa. A los meses salió del lugar, con la cabeza llena de medicamentos, había cambiado la cocaína por medicamentos psiquiátricos, que ironía, se sentía pésimo, pesado, no razonaba correctamente, supuestamente estaba curado, la verdad era más complicada que esa ficción de “la cura”.
El tiempo liquido: reflexiones desde la vida de Mario.
Esa noche en La Modelo, durmiendo en el piso frio de una celda, llorando, en medio de las quejas de con quien le toco compartir la celda por su olor insoportable, Mario no recordaba cuando fue la última vez que se había bañado, solo lloraba, recordando esos días en que era “una persona normal”. Miro hacia la ventana y llovía torrencialmente, el frío le llegaba hasta los huesos, empezó a sentir la inclemencia de la abstinencia. A pesar de todo lo que había vivido nunca hubiera pensado que podía terminar en la cárcel, le parecía inconcebible.
Hoy, en estos días de lluvia bogotana me pregunto sobre lo duro de vivir en la calle, y fue por eso que me motive a escribir sobre Mario. Mientras uno siente frío si se moja un poquito, frío que le llega hasta los huesos, siempre tiene la posibilidad de llegar a casa, cambiarse, meterse debajo de las cobijas y relajarse, ¿qué pasa con la gente que no tiene un techo?, esa gente que algunos todavía denominan despectivamente como “desechables” y que ahora lo políticamente correcto es llamarles “habitantes de la calle”. Eso es algo tenaz, y es un producto de la manera como estamos organizados en las ciudades, hemos naturalizado que seres humanos tengan que verse obligados a vivir en la calle, en el fondo los seguimos considerando desechables. La gente decente no debería considerar normal que seres humanos vivan en la calle. Pero hoy lo normal es darles dinero, darles comida, pensar que con $300 pesitos ya le “colaboro”, de pronto esa gente que le toco vivir en la calle tiene una historia, tiene una vida, y antes que todo, son seres humanos que se sienten solos y solo necesitan volver a sentirse parte de algo.
A dos cuadras de mi casa trabaja Mario. Su rutina empieza a las nueve de la mañana y termina al medio día cuidando los carros que parquean en el parque de la Calle 103 con Avenida Suba. Antes su rutina laboral era de todo el día pero se vio obligado a compartir ese pedazo de calle con alguien que un día empezó a ocuparlo cuando él se dio “unas vacaciones” hace unos meses.
Don Mario no tiene casa. En los últimos años duerme en el mismo parque en el que trabaja, en el kiosco donde Codensa ubicó los trasformadores de la zona. Arriesgando su salud ante las ondas electromagnéticas que generan esos aparatos. Cuando los trabajadores de Codensa le ponen candado al kiosco y él no tiene como romperlo, duerme en el parque de la 103 con Transversal 56. Como aislante del frío suelo, pone un cartón y un sucio tapete, y como abrigo, un gran plástico debajo de un arbusto del lugar. No es suficiente, generalmente el frío lo vence y busca refugio bajo el amparo de algún vigilante de uno de los edificios del barrio. El baño es otro lío que resuelve de diversas maneras, no siempre son las más higiénicas, pero ¿qué puede hacer?, muy difícil que alguien le preste su baño a él.
¿Cómo termino cuidando carros en ese parque Mario?, al segundo día en la Modelo en el patio, se topó con un grupo cristiano que lo acogió, le dieron una biblia, ropa limpia y protección. A Mario lo habían condenado por tres años pero solo estuvo seis meses por buen comportamiento. Mario en la vida solo necesitaba alguien o algo que le diera motivos para vivir bien, en este caso particular fue un grupo cristiano, pero pudo haber sido su propia familia, un grupo político de izquierda o derecha, un parche cultural, solo necesitaba sentirse parte de algo, sus decisiones siempre han estado atravesadas el miedo a estar solo.
Lo real es que Mario termino sumergido en el basuco. Meses después de haber salido del hospital psiquiátrico se encontró con una esposa que quería separarse de él. A la semana el prefirió dejarle todo, apartamento, carro, todo, el salió solo con una maleta que contenía una muda de ropa y las cosas básicas. Pronto él ya estaba en el basuco, así como conoció la cocaína se lo encontró en alguna farra desenfrenada, en menos de un año ya se lo había tragado El Cartucho.
Al salir de la Modelo sintió unas tremendas ganas de encontrarse con su madre, se había enterado que su padre había muerto decepcionado de él, su madre vivía ahí en esa esquina de la 103 con Suba. Nunca lo dejaron entrar a la casa, sus hermanas lo miraban con asco, el solo quería pasar tiempo con su vieja. Pronto empezó a ganarse unos pesos cuidando los carros de la zona. Él siempre ha sido servicial, no mendiga, sirve, algunos lo entienden y le pagan justamente, otros son gente horrible que cree que el estrato en el que tienen su casa les da licencia para dejar de ser decentes, miran por encima del hombro, con asco, ¿por qué ese señor les afea su parque?
A Mario le pregunté si ha tenido líos con la Policía del CAI y él me dice contundentemente que no, que son unos caballeros y que se tomaron el tiempo de escucharlo y de entender porque vive por estas calles. La gente decente se identifica con el que solo quiere estar cerca a su madre.
Hace unos meses cuando se tomó unas vacaciones fue después de dos años de negociaciones sobre el apartamento de su madre que su hermana mayor vendió, él sabía que parte le correspondía a él por ser hijo también, después de mucho forcejeo le dieron treinta millones de pesos y lo hicieron firmar mil papeles para no tener nada más que ver con él. Con esos treinta millones fue que se fue de vacaciones. Estuvo más de seis meses viajando. También consumiendo, y ahí fue cuando una noche se fumó su última papeleta de basuco, sintió que su cabeza iba a explotar, se asustó y boto la papeleta al inodoro. Ya no quería más, volvió a la marihuana.
La madre de Mario ya no vive en esa esquina pero él se quedó ahí. Mario tiene una rutina atravesada por la soledad y la discriminación. Mario solo quiere volverse a sentir útil. Humano. La verdad es que el sistema se resiste y va acabando con su vida poco a poco. Piense en Mario cuando vea a alguien viviendo en la calle.
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